Al Jackson – William Faulkner

Al Jackson: Una carta de W. Faulkner a S. Anderson

Querido Anderson: He pasado el fin de semana en una excursión en barco por el lago, y cuando remontábamos el río el piloto nos indicó por señas la morada del viejo Jackson. Los Jackson son descendientes de Old Hickory, y sólo sobrevive uno de ellos: Al Jackson. Me gustaría que pudieras conocerle: con tu interés por la gente, sería para ti una mina de oro. Sin mediar culpa por su parte, pues es muy retraído, el hombre ha tenido una vida muy agitada. Se cuenta que nadie lo vio nunca vadeando o nadando desvestido. Había algo relacionado con sus pies, según dicen, aunque nadie sabe nada a ciencia cierta.
El piloto me estuvo hablando acerca de la familia. La madre de Al, a la edad de 7 años, ganó el concurso de bordados de la escuela dominical, y como premio se le otorgó el privilegio de asistir a todas las ceremonias religiosas que se celebraran en su iglesia, sin la obligación de asistir igualmente a las sociales, durante un período de noventa y nueve años. A los nueve años sabía tocar el armonio que su padre había conseguido a cambio de una barca, un reloj y un caimán domesticado. Sabía coser y cocinar, e hizo que la asistencia a su iglesia se viera incrementada en un trescientos por cien merced a cierta suerte de receta secreta para el vino de la comunión, en la que utilizaban entre otras cosas, alcohol de grano. El padre del piloto acostumbraba ir a su iglesia; de hecho, la parroquia entera acabó por ir a ella. En el pueblo derribaron dos iglesias y utilizaron la madera para hacer nasas de pesca, y uno de los pastores de almas consiguió finalmente empleo en un transbordador. En señal de reconocimiento, la iglesia, le regaló a la madre de Al una Biblia con su nombre y su flor preferida repujada en oro.
El padre de Jackson ganó su mano cuando ella tenía doce años. Dicen que se sintió embelesado por su destreza con el armonio, según contó el piloto, él no tenía ningún armonio. Pero también era todo un personaje. Cuando tenía ocho años se aprendió de memoria mil versos del Nuevo Testamento, y fue víctima de un ataque que parecía ser encefalitis. El veterinario, cuando al fin se decidieron a llamarlo, les dijo que no podía ser encefalitis. Después de aquello, el viejo Jackson se volvió algo así como… bueno, llamémosle raro: compraba pegamento de encuadernación para comer siempre que podía, y cada vez que iba a tomar un baño se ponía la gabardina. Dormía en una cama plegable que extendía sobre el suelo, y una vez acostado la cerraba sobre sí mismo. Intentó asimismo unos agujeros perforados para que entrara el aire.
Parece que a Jackson se le ocurrió finalmente la idea de criar ovejas en aquella ciénaga suya, en la creencia de que la lana crecía como cualquier otra cosa, y de que si las ovejas permanecían todo el tiempo en el agua, como árboles, el vellón habría de ser por fuerza más exuberante. Cuando se le hubieron ahogado aproximadamente una docena, las equipó de unos cinturones salvavidas hechos de caña. Y entonces descubrió que los caimanes las estaban atrapando.
Pronto descubrieron que las ovejas empezaban a gustar del agua, que nadaban de un lado a otro por los alrededores, y al cabo de unos seis meses constataron que no salían del agua para nada. Cuando llegó el momento de la esquila, el viejo tuvo que pedir prestada una motora a fin de perseguirlas y atraparlas, y cuando al fin pescaron una y la sacaron del agua, vieron que no tenía patas. Se le habían atrofiado y habían desaparecido por completo.
Y lo mismo sucedía con todas y cada una de las que conseguían atrapar. No sólo se les habían esfumado las patas, sino que en la parte del cuerpo que había estado bajo el agua tenían escamas en lugar de lana, y la cola se les había ensanchado y aplanado hasta adoptar una forma parecida a la de los castores.
Al cabo de otros seis meses, los Jackson no lograban ponerles la mano encima ni con ayuda de la motora.
De su observación de los peces, las ovejas habían aprendido a bucear. Y al año Jackson las veía únicamente cuando de tanto en tanto asomaban el hocico para tomar un buche de aire. Pronto pasaron días sin que el agua se viera rota por un morro. En ocasiones sacaban algunas ovejas con ayuda de un anzuelo con cebo de maíz, pero sin rastro de lana en todo el cuerpo.
El viejo Jackson -según contaba el piloto- empezó a sentirse como desalentado. Todo su capital nadando de un lado para otro bajo el agua. Temía que sus ovejas se convirtieran en caimanes antes de que pudiera atrapar siquiera alguna. Finalmente Claude, el desaforado hijo segundo que andaba siempre detrás de las mujeres, le dijo que si le entregaba la mitad de las que atrapara contantes y sonantes, él se comprometía a coger unas cuantas. Convinieron en ello, pues, y a partir de entonces, Claude se quitaba la ropa y se metía en el agua. Al principio no cogía muchas, pero de cuando en cuando acorralaba a alguna bajo un tronco y se hacía con ella. Una le mordió un día de mala manera, y Claude pensó para sí: “Sí, señor, tengo que darme prisa; estas benditas cosas serán caimanes en un año.”
Se puso manos a la obra, empezó a nadar mejor cada día y a hacerse con mayor número de presas. Pronto pudo permanecer media hora bajo el agua sin sacar la cabeza, pero en tierra su respiración ya no era tan buena, y empezó a sentir cierta extrañeza en las piernas, a la altura de las rodillas. Luego dio en quedarse en el agua día y noche, y la familia le llevaba la comida. Perdió la facultad de valerse de los brazos a partir de los codos y de las piernas a partir de las rodillas, y la última vez que alguien de la familia pudo verlo, los ojos se le habían desplazado a ambos lados de la cabeza y una cola de pez le asomaba por un extremo de la boca.
Alrededor de un año después volvieron a oír hablar de él. Frente a la costa había aparecido un tiburón que se dedicaba a importunar a las bañistas rubias, en especial a las gordas.
-Ese es Claude -dijo el viejo Jackson-. Siempre ha sido terrible con las rubias.
Su sola fuente de ingresos, pues, se había esfumado. La familia hubo de soportar largos años de penurias, hasta que los salvó la promulgación de la Ley Seca.
Espero que la historia te haya parecido tan interesante como a mí.
Atentamente,
WILLIAM FAULKNER

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