LAS ENSOÑACIONES QUE TIENDEN A LA INFANCIA – Gaston Bachelard

III. LAS ENSOÑACIONES QUE TIENDEN A LA INFANCIA

Solitude, ma mére, redites-moi rna vip.*
O. W. DE MILOSZ, L’amoureuse iniciation,
Grasset, …
[e n al uécu, en quelque sorte , que pour auoit
a quoi suruiure. En conjiant au p apier ces
futiles remembrances, j’ ai conscience d’ ac-
com plir l’act e le plus important de ma oie.
T étais prédestiné au S ouvenir. **
O. W. DE MILOSZ, L’amoureuse initiation,
Grasset, p. 2.
Je t’ap porte d’une eau perdue dans ta
( mé m oire-«-
suis-moi [usqu’ a la so urce et trouve son
(secret, ***
PATRICE DE LA TOUR UU PIN, Le second jeu,
GaIlimard, p. 106.

* Soledad, madre mía, repíteme mi “ida. [T.]
** “De alguna manera, sólo he vivido para tener
a qué sobrevivir. Al confiar al papel estos fútiles recuer-
dos, tengo conciencia de realizar el acto más importante
de mi vida. Yo estaba predestinado al Recuerdo.” [T.]
*** “Te traigo un agua perdida en tu memoria- / sigue-
me hasta la fuente y encuentra tu secreto.” [T.]

CUANDO, en la soledad, soñamos largamente, aleján-
donas del presente para revivir los tiempos de la
vida primera, varios rostros de niños vienen a nues-
tro encuentro. Fuimos varios durante ese ensayo
de nuestra vida, en nuestra vida primitiva. Sólo
hemo~ conocido nuestra unidad por los cuentos de ”
los demás. Siguiendo el hilo de nuestra historia
contada por ellos, terminamos, año tras año, por
parecernos. Reunimos nuestros seres en torno a la
unidad de nuestro nombre.
Pero la ensoiíación no cuenta. O al menos hay
ensoíiaciones tan profundas, ensoñaciones que nos
ayudan a descender tan profundamente en nosotros
que nos desembarazan de nuestra historia, nos li-
beran de nuestro nombre. Esas soledades de hoy
nos devuelven a nuestras soledades primeras. Éstas,
soledades de niño, dejan en algunas almas marcas
imborrables. Toda la vida está sensibilizada por la
ensoñación poética, por una ensoñación que sabe
el precio de la soledad. La infancia conoce la des-
dicha gracias a los hombres. En la soledad puede
distender sus penas. El niño se siente hijo del cos-
IllOS cuando el mundo de los hombres lo deja en
paz. Y es así como en la soledad, cuando es señor
de sus ensoñaciones, el niño conoce la dicha de
soñar que será más tarde la dicha de los poetas.
¿ Cómo no sentir que hay una comunicación entre
nuestra soledad de soñador y las soledades de la
infancia? Por algo en la ensoñación sosegada segui-
mos con frecuencia la pendiente que nos devuelve a
nuestras soledades infantiles.
Dejemos al psicoanálisis el cuidado de curar las
infancias maltratadas, y los pueriles sufrimientos
de una infancia indurada que oprime la psiquis de
tantos adultos. Hay una tarea abierta a un poetico-
análisis que podría ayudarnos a reconstruir en nos-
otros el ser de las soledades liberadoras. El poetico-
análisis debe devolvernos todos los privilegios de la
imaginación. La memoria es un campo de ruinas
psicológicas, un revoltijo de recuerdos. Toda nuestra
infancia debe ser imaginada de nuevo. Al reimagi-
narla tendremos la suerte de volver a encontrarIa
en la propia vida de nuestras ensoñaciones de niño
solitario.
De ahí que las tesis que pretendemos defender
en este capítulo terminen todas haciendo reconocer
la permanencia en el alma humana de un’ núcleo
de infancia, de una infancia inmóvil pero siempre
viva, fuera de la historia, escondida a los demás,
disfrazada de historia cuando la contamos, pero
que sólo podrá ser real en esos instantes de ilumi-
nación, es decir en los instantes de su existencia
poética.
Mientras soñaba en su soledad el niño conocía
una existencia sin límites. Su ensoñación no es sim-
plemente una ensoñación de huida. Es una ensoña-
ción de expansión.
Hay ensoñaciones de infancia que surgen con el
brillo de un fuego. El poeta vuelve a encontrar su
infancia al decirla con verbo de fuego:

Verbe en feu. J e dirai ce que fut mon enfance.
On dénichait la lune rouge au fond des bois?
[Verbo encendido. Diré lo que ha sido mi infancia. / Des-
cubríamos la luna _roja en el fondo de los bosques.]
Un exceso de infancia es un germen de poema.
Nos burlaríamos de un padre que por amor a su
hijo fuese a “descolgar la luna”. Pero el poeta n9–
retrocede ante ese gesto cósmico. Sabe, en su ar-
diente memoria, que se trata de un gesto de infan-
cia. El niño sabe bien que la luna, ese gran pájaro
rubio, tiene su nido en alguna parte del bosque.
Así, las imágenes de la infancia, las que un niño
ha podido crear, las que un poeta nos dice que un
niño ha creado, son para nosotros manifestaciones
de la infancia permanente. Son imágenes de la so-
ledad. Hablan de la continuidad de las ensoñaciones
de la gran infancia y de las ensoñaciones del poeta.
2
Parece natural que SI nos ayudamos con las imáge-
nes de los poetas, la infancia se revele como psi-
cológicamente bella. No podemos menos que hablar
de belleza psicológica ante un acontecimiento atra-
yente de nuestra vida Íntima. Esta belleza está en
nosotros, en el fondo de nuestra memoria. Su be-
lleza es la de un vuelo que nos reanima, que pone
en nosotros el dinamismo de una belleza viva. En
nuestra infancia el ensueño nos daba la libertad. Y
llama la atención que el dominio más favorable
para recibir la conciencia de la libertad sea preci-
samente el ensueño. Captar esta libertad cuando
interviene en una ensoñación infantil sólo resulta
una paradoja cuando se olvida que seguimos soñan-
do con la libertad como cuando éramos niños. Fuera
de la libertad de soñar, ¿ qué otra libertad psicoló-
gica tenemos? Psicológicamente, sólo en la ensoña-
ción somos seres libres.
Guardamos en nosotros una infancia potencial.
Cuando vamos tras ella en nuestras ensoñaciones,
la revivimos en sus posibilidades, más que en la
realidad. Soñamos con todo lo que podría haber
llegado a ser, soñamos en el límite de la historia y
de la leyenda. Para alcanzar los recuerdos de nues-
tras soledades, idealizamos los mundos en los que
fuimos niños solitarios. Darse cuenta de la ideali-
zación real de los recuerdos de infancia, del interés
personal que tomamos en ellos, es, pues, un problema
de psicología positiva. Así, hay comunicación entre
un poeta de la infancia y su lector mediante la
infancia que dura en nosotros. Esta infancia per-
manece como una simpatía de apertura a la vida,
permitiéndonos comprender y amar a los niños
como si fuésemos sus iguales en primera vida.
Un poeta nos habla y nos sentimos agua viva,
fuente nueva. Oigamos a Charles Plisnier:
Ah! Pouruu que j’y consente
mon enfance te voici
aussi vive, aussi présente
Firmament de uerre bleú
arbre de [euille et de neige
riuiére qui court ; oú oais-je??
[¡ Ah! Siempre que yo lo admita / aquí estás infancia
mía / tan viva, tan presente / Firmamento de vidrio azul /
árbol de hoja y nieve / río que corre, ¿ dónde voy?]
Al leer estos versos, veo el cielo azul por encima
de mi río en los veranos del siglo pasado.
El ser del río atraviesa sin envejecer todas las
edades del hombre, de la infancia a la vejez. Y
por ello, experimentamos como una especie de du-
plicación de ensoñación cuando, ya tarde en la
vida, intentamos revivir nuestras ensoñaciones de
infancia.
Esa duplicación de ensoñación, esa profundiza-
ción que sentimos cuando soñamos con nuestra In-
fancia, explica que en ‘toda ensoñación, incluso en
esa en que nos sume la contemplación de una gran
belleza del mundo, en seguida nos encontremos en
la pendiente de los recuerdos; insensiblemente nos
vemos arrastrados a antiguas ensoñaciones, a veces
tan antiguas que no cabe pensar en fecharlas. Un
resplandor de eternidad desciende sobre la belleza
del mundo. Estamos frente a un gran lago cuyo
nombre saben los geógrafos, en medio de altas mon-
taiias, y de pronto retrocedemos hacia un lejanisimo
pasado. Soñamos mientras recordamos. Recordamos
mientras soñamos. Nuestros recuerdos nos vuelven
a dar un simple río que refleja un cielo apoyado
en las colinas. Pero la colina crece, la curva del
río se ensancha. Lo pequeño se vuelve grande. El
mundo de la ensoñación de inf~ncia es también
grande, mayor que el mundo ofrecido a la ensoña-
ción actual. Existe comercio de grandeza entre la
ensoñación poética ante un gran espectáculo del
mundo y la ensoñación de infancia. De este modo,
la infancia está en los orígenes de los mayores pai-
sajes. Nuestras soledades de infancia nos han dado
las inmensidades primitivas.
Soñando con la infancia, volvemos a la cueva de
las ensoñaciones, a las ensoñaciones que nos han
abierto el mundo. La ensoñación nos convierte en
el primer habitante del mundo de la soledad. Y
habitamos tanto más el mundo cuanto que lo habi-
tamos como el niño solitario habita las imágenes.
En el ensueño del niño, la imagen prevalece sobre
todo. Las experiencias sólo vienen después. Van a
contraviento de todas las ensoñaciones de vuelo. El
niño ve mucho y bien. La ensoñación hacia la in-
fancia nos entrega a la belleza de las imágenes pri-
meras.
¿ Puede ser el mundo tan bello ahora? Nuestra
adhesión a la belleza primera fue tan fuerte que
si la ensoñación nos devuelve a nuestros más que-
ridos recuerdos, el mundo actual resulta totalmente
descolorido. Un poeta que escribe un libro de poe-
mas bajo el título: Jour d béton [Días de cemento] puede decir:

• .. Le monde chancelle
lorsque je tiens de moti passé
de quoi vivre au fond de moi-même.
[El mundo vacila / cuando recibo de mi pasado / de qué
vivir en el fondo de mí mismo.]
i Ah! i Qué sólidos seríamos dentro de nosotros
mismos si pudiéramos vivir, revivir, sin nostalgia, ar-
dorosamente en nuestro mundo primitivo!
En suma, esta apertura hacia el mundo de la que
se valen los filósofos, no es sino una reapertura al
mundo prestigioso de las primeras contemplaciones.
Dicho de otro modo, esta intuición del mundo, esta
Weltanschauung, no es otra cosa que una infancia
que no se atreve a decir su nombre. Las raíces
de la grandeza del mundo se unen en una infancia.
El mundo comienza para el hombre por una re-
volución de alma que a menudo se remonta a una
infancia. Una página de Villiers de L’Isle-Adam nos
dará un ejemplo. En su libro Isis, escribió, en 1862,
de su heroína, la mujer doininadora: “El carác-
ter de su espíritu se determinó solo, y fue por
oscuras transiciones que alcanzó las proporciones
inmanentes en que el yo se afirma. En cuanto a
la hora sin nombre, la hora eterna en la que los
niños dejan de mirar vagamente el cielo y la tie-
rra, para ella sonó en su noveno año. Lo que en
los ojos de esta jovencita soñaba confusamente, des-
dé ese momento quedó con una luz más fija: se
hubiese dicho que experimentaba el sentido de
sí misma despertándose dentro de nuestras tinie-
blas”.
Así, “en una hora sin nombre”, “el mundo se
afirma para lo que es” y el alma que sueña es una
conciencia de soledad. Al final del relato de Villiers
de L’Isle-Adam (pág. 225), la heroína podrá de-
cir: “Mi memoria abismada de pronto en los
profundos dominios del sueño, experimentaba incon-
cebibles recuerdos.” El alma y el mundo, juntos,
están, aSÍ, abiertos a lo inmemorial.
De este modo en nosotros, como un fuego olvida-
do, siempre una infancia puede volver a despertar.
El fuego de antes y el fuego de hoy se tocan en un
gran poema de Vicente Huidobro:
En mi infancia nace una infancia ardiente como un
M e sentaba en los caminos de la noche (alcohol
A escuchar la elocuencia de las estrellas
y la oratoria del árbol
Ahora la indiferencia nieva en la tarde de mi alma.
Esas infancias que sobrevienen del fondo de la
infancia no son de verdad recuerdos. Para medir
toda su vitalidad, un filósofo tendría que poder des-
arrollar todas las dialécticas demasiado pronto re-
sumidas por esas dos palabras, imaginación y me-
moria. Vamos a consagrar un parágrafo corto a
sensibilizar el límite de los recuerdos y de las imá-
genes.
3
Cuando manejábamos en nuestro libro: La poétique
de l’espace los temas que a nuestro modo de ver
constituían la “psicología” de la casa, vimos jugar
infinitamente las dialécticas de los hechos y de los
valores, de las realidades y los sueños, de recuerdos
y de leyendas, de proyectos y de quimeras. Exami-
nado dentro de tales dialécticas, el pasado no es
estable, no vuelve a la memoria ni con los mismos
rasgos ni con la misma luz. No bien captamos el
pasado dentro de una red de valores humanos, en
los valores de intimidad de un ser que no olvida,
aparece con el doble poder del espíritu que recuer-
da y del alma que se alimenta de su fidelidad. Alma
y espíritu no tienen la misma memoria. SulIy Prud-
homme sabía de esta división, cuando escribió:
o souuenir, l’time renonce,
Ellrayée, ¿¡ te conceuoir,
[Oh, recuerdo, el alma renuncia, / aterrada, a concebirte.]
Sólo cuando el alma y el espíritu están unidos
en una ensoñación por la ensoñación nos beneficia-
mos de la unión de la imaginación y la memoria.
Sólo dentro de tal unión podemos decir que revi-
vimos nuestro pasado, que nuestro ser pasado se
imagina que revive.
Por lo demás, para poder constituir la poética de
una infancia evocada en una ensoñación, hay que
darle a los recuerdos su atmósfera de imagen. Para
que nuestras reflexiones de filósofo sobre la ensoña-
ción que recuerdo sean más claras, distingamos al-
gunos centros de polémica entre he~hos y valores
psicológicos.
En su primitivez psíquica, imaginación y memoria
aparecen dentro de un complejo indisoluble. Re-
lacionándolas con la percepción las analizamos mal.
El pasado recordado no es simplemente un pasado de
la percepción. Puesto que recordamos, el pasado
aparece ya en la ensoñación por su valor de ima-
gen. Desde el origen, la imaginación colorea los
cuadros que querrá volver a ver. Para ir hasta los ar-
chivos de la memoria, hay que encontrar valores
más allá de los hechos. No se analiza la familiaridad
contando las repeticiones. Las técnicas de la psico-
logía experimental no pueden de ningún modo en-
carar el estudio de la imaginación considerada en
sus valores creadores. Para revivir los valores del
pasado hay que soñar, hay que aceptar esta gran
dilatación psíquica que es la ensoñación, en la paz
de un gran reposo. Entonces imaginación y me-
moria rivalizan para damos las imágenes que tie-
nen de nuestra vida.
En suma, decir bien los hechos, en la positividad
‘de la historia de una vida, es la tarea de la memo-
ria del animus. Pero el animus es el hombre exte-
rior, el que necesita de los otros para pensar. ¿ Quién
nos ayudará a encontrar en nosotros el mundo de
los valores psicológicos .de la. intimidad? . Cuan to
más leo a los poetas, más encuentro consuelo y paz
en las ensoñaciones del recuerdo. Los poetas nos
ayudan a mimar a nuestras dichas de anima. Natu-

ralmente, el poeta no nos dice nada de nuestro
pasado positivo. Pero, por la virtud de la vida ima-
ginada, el poeta pone en nosotros una nueva luz: en
nuestras ensoñaciones, creamos cuadros impresio-
nistas de nuestro pasado. Los poetas nos convencen
de que todas nuestras ensoñaciones infantiles mere-
cen ser reanudadas.
El triple lazo: imaginación, memoria y poesía de-
berá entonces -segundo tema de nuestra investi-
gación- ayudamos a situar en el reino de los valores
ese fenómeno humano que es una infancia so-
litaria, una infancia cósmica.
De esta manera, si podemos profundizar nuestro
esbozo, tendremos que despertar en nosotros, me-
diante la lectura de los poetas, gracias, a veces, a
una única imagen poética, un estado de nueva in-
fancia, de una infancia que va más lejos que los
recuerdos de nuestra infancia, como si el poeta nos
hiciera continuar, terminar una infancia que no se
realizó totalmente, que sin embargo era nuestra y
que, sin duda, en muchos casos, hemos soñado a
menudo. Los documentos poéticos que reuniremos
deben entregarnos ese onirismo natural, original, sin
nada previo, el onirismo de nuestras propias enso-
ñaciones de infancia.
Esas infancias, multiplicadas en mil imágenes, no
tienen fechas. Intentar arrinconarlas dentro de coin-
cidencias para ponerlas en relación con los minimos
acontecimientos de la vida doméstica sería ir contra
su onirismo. La ensoñación desplaza globos de pen-
samientos sin preocuparse mucho por seguir el hilo
de la aventura, muy diferente en eso del sueño, que
siempre quiere contamos una historia.
La historia de nuestra infancia no está psíquica-
mente fechada. Las fechas las colocamos a destiem-
po; vienen de otros, de fuera, de un tiempo distinto
del tiempo vivido, del tiempo en que contamos.
Victor Ségalen, gran soñador de vida, ha sentido
la diferencia entre la infancia contada y la infancia
situada en una duración que se sueña: “Si se le
cuenta a un niño algún pasaje de su primera in-
fancia, lo retendrá, sirviéndose más tarde para re-
cordarlo, contar a su vez y prolongar, por repeti-
ción, la duración facticia.” Y en otra página,
Victor Ségalen querrá volver a encontrar “el primer
adolescente”, encontrándose verdaderamente “por
primera vez” con el adolescente que fue. Si repe-
timos demasiado los recuerdos, “ese fantasma raro”
será nada más que una copia sin vida. Los “recuer-
dos puros”, repetidos sin cesar se convierten en
estribillos de la personalidad.
¿ Cuántas veces un “recuerdo puro” puede cal-
dear un alma que recuerda? ¿No podrá, también
el “recuerdo puro”, convertirse en un hábito? Para
“enriquecer nuestras ensoñaciones monótonas,’ para
revivificar los “recuerdos puros” que se repiten, las
“variaciones” que nos ofrecen los poetas nos ayudan
mucho. La psicología de la imaginación debe ser
una doctrina de las “variaciones psicológicas”. La
imaginación es una facultad tan actual que suscita
“variaciones” hasta en nuestros recuerdos infanti-
les. Todas esas variaciones poéticas que recibimos
en plena exaltación son otras tantas pruebas de la
permanencia en nosotros de un núcleo de infancia.
Si, como fenomenólogos, pretendemos captar su
esencia, la historia nos perturba más de lo que nos
ayuda.
Tal proyecto fenomenológico de captar en su ac-
tualidad personal la poesía de las ensoñaciones de
infancia es, naturalmente, muy diferente de los exá-
menes objetivos tan útiles de los psicólogos de la
infancia. Incluso si dejamos hablar libremente a
los niños, incluso observándolos sin censura, mien-
tras están en la total libertad de sus juegos, aun
oyéndolos con la dulce paciencia de un psicoanalista
de niños, no se alcanza necesariamente la pureza
simple del examen fenomenológico. Estamos dema-
siado instruidos para eso y como consecuencia de-
masiado llevados a aplicar el método comparativo.
Una madre, que ve en su hijo un incomparable, lo
haría mejor. Pero, ay, una madre no suele saber
tanto [ … ] Desde que un niño ha alcanzado “la edad
de la razón”, desde que pierde su derecho absoluto
a imaginar el mundo, la madre considera un deber,
como todos los educadores, enseñarle a ser obje-
tivo, objetivo de la simple manera en que los adultos
se creen “objetivos”. Se le atiborra de sociabi-
lidad. Se le prepara para su vida de hombre dentro
del ideal de los hombres estabilizados. Se le ins-
truye también en la historia de su familia. Se le
transmiten la mayoría de los recuerdos de su pri-
mera infancia, toda una historia que el niño sabrá
contar para siempre. La pasta que es la infancia es
puesta en el molde para que el niño siga adecuada-
mente la continuación de la vida de los demás.
El niño penetra así en la zona de los conflictos
familiares, sociales, psicológicos. Se convierte en un
hombre prematuro. Ni qué decir que este hombre
prematuro está en estado de infancia reprimida.
El niño interrogado, examinado por el psicólogo
adulto, seguro de su conciencia de animus, no en-
trega su soledad. La soledad del niño es más secreta
que la soledad del hombre. A menudo descubrimos
muy tarde en la vida, en toda su profundidad, nues-
tras soledades infantiles, las soledades de nuestra
adolescencia. En el último cuarto de vida compren-
demos las soledades del primer cuarto, al repercutir
las soledades de la edad anciana sobre las olvidadas
soledades de la infancia. El niño soñador es un niño solo, muy solo. Vive en el mundo de su enso-
ñación. Su soledad es menos social, menos dirigida
contra la sociedad, que la soledad del hombre. El
niño conoce una ensoñación natural de la soledad,
una ensoñación que no hay que confundir con la
del niño enfurruñado. En esas felices soledades, el
niño soñador conoce la ensoñación cósmica, la que
nos une al mundo.
Nos parece que es en los recuerdos de esta so-
ledad cósmica donde encontraremos el núcleo de in-
fancia que permanece en el centro de la psiquis
humana. Allí es donde más cerradamente se anudan
la imaginación y la memoria. Es allí donde el ser
de la infancia anuda lo real y lo imaginario, viviendo
con toda su imaginación las imágenes de la realidad.
y todas esas imágenes de su soledad cósmica actúan
en profundidad en el ser del niño; al margen de
su ser para los hombres se crea, bajo la inspiración
del mundo, un ser para el mundo. Ese es el ser de
la infancia cósmica. Los hombres pasan, el cosmos
queda, un cosmos siempre inicial, un cosmos que
ni los mayores espectáculos del mundo borraron
durante el curso de la vida. La cosmicidad de nues-
tra infancia permanece en nosotros, reapareciendo
en nuestros ensueños en la soledad. Por lo tanto, ese
núcleo de infancia cósmica permanece en nosotros
como una falsa memoria. Nuestras ensoñaciones so-
litarias son las actividades de una metamnesia. Al pa-
recer nuestras ensoñaciones hacia las ensoñaciones in-
fantiles nos permiten conocer a un ser previo a nues-
tro ser, toda una perspectiva de antecedencia de ser.
¿Soñábamos con ser y, ahora, al soñar con nues-
tra infancia, somos nosotros mismos?
Esta antecedencia de ser se pierde en la lejanía
del tiempo; entendamos, en las lejanías de nuestro
tiempo íntimo, en esta múltiple indeterminación de
nuestros nacimientos en el psiquismo, ya que el psi-
quismo es intentado repetidas veces. Sin cesar, el
psiquismo trata de nacer. Esta antecedencia de ser,
esta infinitud del tiempo de la lenta infancia, es
correlativa. La historia -siempre la historia de los
demás- instalada sobre los límites del psiquismo
oscurece todas las potencias de la metamnesia per-
sonal. Y sin embargo, psicológicamente hablando,
los limbos no son mitos. Son realidades psíquicas
imborrables. Para ayudamos a penetrar en esos lim-
bos de la antecedencia del ser, los raros poetas van
a traernos sus resplandores, su luz ilimitada.

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