Para una poemática

Aquí estamos

“Había que poner en práctica la ternura
Dejarla río”
Carlos Ildemar Pérez
“Huyendo cada vez más frente a una sintaxis desordenada, la desintegración del lenguaje solo puede conducir a un silencio de la escritura” dirá Barthes, y beberemos de él, como un arrollo, nos ahogaremos en él como un pozo, fabricaremos la conducta de la poesía propia en la idea que él ha aclarado pero que habitaba antes en alma. Habita la idea antes de ser dilucidada por el crítico. Hay que ser caracol, para entender a Lezama. Quizá ser asmático y gordo no baste para ser Lezama. Quizá no baste el puerto cubano, la altura de La Habana, la mancha que lo atormenta como una neblina, sino que haga falta ser tan poeta que la poesía se escriba sobre el poema mismo. Así el poema se divide de la compasión emocional de no entenderse y se rompe, se bifurca, para ser más borgiano, en una parte que lleva a las aguas termales del poema y otra que a la pura contemplación del vapor, el nido del caracol, el dolor de no ser lo suficientemente poeta para leer el poema, ya que Bachelard recuerda, insiste, que habrá que leer como poeta para ser lector de poesía.
Un poema no existe sin un previo ejercicio de complejidad que rebase los bordes mismos de la sencillez conceptual y lingüística del poema en sí. El poema entonces vulcaniza a los incrédulos y les hace ver una montaña, hermosa y nevada, donde duerme la muerte de una ciudad, de un pueblo. Pienso en el Vesubio. Ahora pienso en el lago Titicaca. En el rio Apón, en el rio Limón, en el relámpago del Catatumbo, en el Mar del Plata, en el mar Caribe con sus aguas cambiantes. Pienso quizá en la Agricultura de la zona tórrida, en esa frase de Bello, la poesía es el aroma de la literatura. Pienso en una cerveza helada y en el calor, que sofoca, y en la cerveza pasando por mi garganta.
Todo se encentra en el poeta, como centro del universo, para confabular el poema. El poema que es forma de deuda y retorno. Gime el poeta entonces la oración precisa. Queda en la mano del poeta, casi tras un dictado, el poema hecho en la huella de sus dedos. Huella el poema en la vida del poeta. Así, en el crecimiento de la planta, no hay más silencio que el de su tronco. Paciente e insensato el viento trae a la planta el cuerpo de las otras especies, el rumor, el azogue, el poema mismo en transparencia generada.
Concebimos entonces la infancia como la construcción de un poema y el inicio de la escritora como un viaje que tendrá fecha de finalización pero no de caducidad. Y volvemos al caracol de Lezama, para vernos envueltos en la lentitud espiral del universo que llevara, a paso de marullo, el cuerpo todo poderoso, reflexivo, indetenible, en boga continua por la obra, el poema mismo que se genera en la misma palabra, que se repite en el mismo cuerpo, para formarse, como un troco silencioso, en bosque, en escándalo de voces y ramas.
La punta misma de la palabra vendrá a mostrar el epicentro de este entender. Se mostrará la tabla podrida del hueso abierto de la herida sangrante. El rito mismo de caerse en la sombra del mismo árbol que somos. Para aprender la profundidad intuitiva del poema siéndose así doble poema, bloque sobre bloque, deudo de espejo. Un ejercicio peligroso por laberintico. Lúdico por duplicante. Intensivo por poético. Así, la poemática será la resolución inconclusa de la palabra poema en la forma misma del hallazgo no encontrado y de la intención creadora en desuso de la razón. Poemática como duro juego de ruidos atados a la prisa del duelo. Poemática como mapa de pérdida segura. Poemática como figura trópica del ser, en su más ontológica crisis de definición. Poemática disuasiva, que al lector desapercibido parecerá poemancia o poetética, y al lingüista, poefática; pero poemática en sí, que problematiza el poema, en busca del mismo poema.

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