Antes de hablar, hay que soñar (Creación de Literatura infantil)

La poesía es una forma de entender al mundo. ¿Un niño lo piensa así? No lo sabemos con exactitud, ya no recordamos, no sentimos igual, sólo imaginamos lo que antes pudo ser natural. Quizá la poesía era sólo un sueño para nuestro ocio, vitalidad y deseo infantil. ¿Fuimos niños alguna vez? No hay razón para dudarlo. ¿Pero tenemos conciencia de esa niñez? ¿Recordamos como veíamos los colores? ¿Recordamos como volábamos con los brazos abiertos por el patio de la casa? ¿Cómo hablábamos con las paredes o las paredes nos hablaban a nosotros? ¿Recordamos algo de esto? ¿Somos capaces de pensar igual? ¿o es que no pensábamos sino que soñábamos?

Creo en el sueño, como creo en la literatura; así, como me enseñó a creer Aquiles Nazoa en Charlie Chaplin, o como Popy me enseñó a creer en mi amigo Dios. Creo en el sueño, que allí se deposita toda nuestra niñez, o lo más parecido a ella. Aprendemos a soñar con las voces que nos toman por sorpresa. Esas voces que hacen visión. Somos soñadores de voces, y más tarde de palabras. A un niño, lo hacemos a la literatura acercándolo al sueño, a lo maravilloso, que se sobrepone en el sueño. Todo el sueño es fantástico, y al niño, lo alimenta lo fantástico. ¿O es que no nos dejamos llevar por las olas en las aventuras de Sandokán? ¿No soñamos con ser piratas en el mar Caribe? ¿Ser tripulante del barco del Corsario Negro? ¿Ser el Corsario Rojo? ¿O la hija del Corsario Negro? No podemos resistirnos a amar lo que soñamos.

Una vez soñé que estaba dentro de un sueño. Otra vez soñé que tenía que recorrer el Rio Mississippi (conste que la imaginación se encargó de todo). A veces, tan sólo las caricaturas de la televisión me iban llenando de fantasía los sueños, y cada pasado (regularmente anglosajón por la naturaleza de los programas de televisión) se iba haciendo mi pasado. El niño se ríe porque él lo soñó, porque él lo ve, lo siente así, porque esa carga de sueño lo hace infinitamente posible.

Para Bachelard el sueño, y más allá, la ensoñación, son los generadores del fenómeno creador, del estado de trance, donde en poeta figurará sus emociones, y hará bullir la imagen, el poema. En el niño, el sueño es clama. No hay nada más enternecedor que un niño durmiendo. Con su delicadeza y todo lo pequeño de su ser. En ese estado de fragilidad, la visión infantil se potencia. Se sueña entonces como creador para potenciar la imagen.

El niño siempre crea, y en está creación se vuelve intensa cuando la palabra se la forma de crear. El niño cuando lee, crea. En su cabeza suenan las campanas de la iglesia a la cual la Lechera va a casarse en su trance mítico de camino al mercado. Porque la literatura es recreación. Doble creación. Generación de imágenes e ideas. El creador, cual sea si orientación literaria, crea para ese proceso de recreación.

El creador infantil, crea para el niño que sueña. Así que sueño tiene que ser tan vivo, como el que producirá en su tiempo en la imaginación subconsciente del niño.

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