Luis Perozo Cervantes: «Escribir es una manera útil de estar vivo»

Firmar con su segundo apellido le ha ganado algunas antipatías en Maracaibo, donde nació en 1989 y donde vive inventando formas de animar la escena literaria.Su poesía, que navega entre el discurso amoroso y el discurso político, ha sido publicada en nueve libros hasta el momento, aunque ya tiene otros tantos inéditos. Y no se detiene. Locuaz y beligerante, se declara pansexual y separatista.

Luis Perozo Cervantes nunca se ha sentado a esperar el futuro. Lo de él es hacer. Un paseo por su corta biografía tan pronto lo muestra conformando un consejo comunal como organizando un festival de poesía;activo en el movimiento por la diversidad sexual como inmerso en debates de la Sociedad Bolivariana; llenando cuadernos y cuadernos de poemas como editando libros artesanales. «Siempre fui voluntario para todo», dice sin darle mucha importancia.

Sus días transcurren entre la Vereda del Lago, donde trabaja desde adolescente en el negocio familiar (dos kioscos en el parque); la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, donde estudia Letras desde 2007, sin que nueve años después parezca tener prisa por graduarse; y sus labores como encargado de las actividades literarias de la Alcaldía de Maracaibo, un trabajo cuya naturaleza le permite un horario flexible en el Museo de Artes Gráficas Luis Chacón, en pleno centro de la ciudad.

Parece mayor de lo que es. Mide un metro y ochenta y dos centímetros y tiene una presencia rotunda, pero poco intimidante gracias a su parsimonia. Para la conversación es un maratonista: sus respuestas llevan una velocidad de crucero y un norte fijo. No se distrae ni se deja interrumpir. La vehemencia va más en las palabras y los ademanes que en las inflexiones de su voz.

Un niño entre adultos

Desde niño ha tenido labia, talento desarrollado cuando su abuela paterna cuidaba de él mientras su madre cosía en el taller improvisado en una habitación:

―Yo hablaba como una cotorra con mi abuela y sus amigas. No había otro entretenimiento sino hablar y ellas me escuchaban, así que conversaba a mis anchas. Todas esas señoras querían al negrito chiquito.

Hasta los nueve años de edad, vivió con sus padres y la familia paterna en El Guayabal, una urbanización de clase media donde al comienzo residían con cierta holgura económica en una casa enorme, con un galerón donde cabían seis carros y unas matas de mango a las que aprendió a treparse. Sus padres, Luis Antonio Perozo y Sol María Cervantes, se casaron muy jóvenes, tras confirmarse el inesperado embarazo de Sol,y se residenciaron en la casa de los Perozo.El primogénito nació el 5 de agosto de 1989, un día antes de la caída del muro de Berlín, como apunta el poeta. «Nací de este lado de la utopía», remata.

Las comodidades en la casa de los abuelos también se derrumbarían como el muro, pues al niño cumplir un año, su abuelo, profesor universitario y proveedor del hogar, se marchó, lo que trajo como consecuencia que Luis y Sol abandonaran sus incipientes estudios de ingeniería agronómica para mantener a la familia: Sol cosía muñecas de trapo, peluches gigantes y otras manualidades y artesanías que su esposo salía a vender.

―Las primeras imágenes que guardo en mi mente son yo en la cuna, mamá cosiendo y cosiendo y la radio prendida. Recuerdo aquella voz de los locutores de AM…

En El Guayabal había pocos niños, y sus hermanos tardaron en nacer cinco y trece años, respectivamente, por lo que su contacto con gente de su edad comenzó a ser regular solo con la escolaridad. Primero acudió a la única institución privada de su historial académico, el kínder Cruz Carrillo. Luego pasó a una escuela pública nacional llamada Zulia.

De su estancia en esa primera escuela, recuerda sin mucho aspaviento un día en que la maestra les hizo refugiarse bajo los pupitres por un tiroteo en la cercana cárcel de Sabaneta, donde estaba ocurriendo una masacre, según se supo después.Cursaba segundo grado. También cuenta, divertido, que unos carnavales ganó el concurso escolar de disfraces con un traje de Simón Bolívar confeccionado por su madre, pero todo el mundo confundía el personaje que encarnaba: «Fue traumático. Yo peleaba y decía: “Ey, yo soy Simón Bolívar, no Negro Primero”».

En su casa no había libros. Acaso alguna enciclopedia, pero no literatura. Sin embargo, agradece el gesto paterno de sentarse en sus ratos libres a enseñarle a leer, a practicar:

―Como a mi papá le costó mucho aprender a leer, y mi abuelo fue muy violento con él para que aprendiera, en las tardes, cuando tenía tiempo, se sentaba conmigo a enseñarme a leer, como luego lo haría luego con mis hermanos. Mi mamá era más agresiva: ella nos puyaba la cabeza con un alfiler cuando no entendíamos. Mi papá no, mi papá nos enseñaba a leer de otra manera, como él no aprendió.

Un hermano de su abuela, el tío Juan, que vivía con ellos en El Guayabal, le presentó el ajedrez cuando tenía ocho años. «Pasaba mucho tiempo con el tío Juan y,como a mí me gustaba mucho jugar Monopolio y él lo odiaba, un día me dijo: “Te voy a enseñar un juego de hombres”.Ya prendí», dice.

Las maneras infantiles

Al cumplir nueve años, al niño le cambiaron el escenario, la compañía y las costumbres. Su padre, luego de haber sido buhonero por algún tiempo,trabajaba entonces como chofer de tráfico en la línea de Sabaneta, donde laboró por quince años. Ahorrando, compró un terreno en el oeste de la ciudad, en una zona despoblada para entonces, el sector Los Altos. Y allí construyó. La casa no tenía pisos ni ventanas. «Era una casa con techo nada más», resume el hijo. Significaba mudarse fuera de la ciudad. No había transporte público.

Sus padres se mudaron primero y él se quedó con la abuela. Pero ese arreglo duró solo seis meses, al cabo de los cuales terminó yendo a Los Altos.

―Fue un cambio de escenario radical. De tener un patio lleno de cemento, pasé a tener un arenal y a ver cruzar todas las mañanas las vacas en camino hacia un hato cercano.Y las vacas se metían en la casa. No había cloacas, sino pozo séptico. Solo se veía el verde en unas matas de plátano que había sembrado mi mamá. ¡Qué poca vocación de sufrir tenía yo en ese momento!

Aquel erial fue también liberador. Había niños en la zona, aprendió a hacer petacas y llegó a perder varios sacos de metras en buena lid.

En tercer grado lo inscribieron en El Rosario, una escuela cuyo patio, desde un relieve gigante,presidían Pitágoras y su teorema, ambos desdeñados por la muchachada. Era el nuevo en el colegio, leía con soltura y hablaba de todo y todo el tiempo. Se convirtió en un estudiante popular.

Pero esa popularidad tenía un revés poderoso: los lentes que su madre le sujetaba con una tira y su amaneramiento lo hacían candidato ideal para el acoso escolar.

―Fui afeminado toda mi infancia. Eso es algo que no se nota hoy, pero hasta los doce años fui un niño afeminado. Lo supe en el colegio porque, bueno, cuando te dicen mariquito y te joden la vida, lo sabes. Era un niño muy consentido, y eso era difícil en ese barrio y a esa edad.

El bullying lo hizo estrenarse en las peleas a puñetazos en cuarto grado. Y en sexto fue peor, aunque no guarda rencor a sus compañeros de entonces:

―Casi mato a uno del grupo con el que había pasado ya cuatro años. Se metían conmigo una y otra vez y ese día exploté, le agarré la cabeza a aquel muchacho y le di contra la pared. Todo el colegio fue a ver la pelea… Fue divertido ―dice sin inmutarse, con esa adjetivación tan suya que tilda de fabuloso, maravilloso y divertido lo que para otros es un horror―. En el fondo, fue importante, porque logré defenderme.

Supo de otro país. Uno donde muchachos de doce años estaban en tercer grado con los de nueve, donde un gobernador ordenaba tumbar una escuela para remodelarla y luego se acababa el presupuesto y dejaba al estudiantado a la intemperie: «El colegio se quedó sin salones. Cuarto, quinto y mitad de sexto grados los cursé debajo de matas de mango… una aventura fabulosa».

Su conocida labia hizo que, cuando los periodistas del noticiero regional de Radio Caracas Televisión fueron a la escuela a reportar el estado del edificio, los maestros lo designaran para que hablara. Y él alzó un pupitre y gritó a la cámara: «¡No tenemos salones! ¡No tenemos pupitres! ¡Este colegio no tiene techo!». Sus reclamos estuvieron saliendo al aire durante un mes como cortina de ese noticiero.

En sexto grado, por supuesto, dio el discurso de graduación. Algo sobre la esperanza y cómo estábamos abriéndonos a un país nuevo.

Los bautizos de fuego

Luis formaba parte de la Sociedad Bolivariana «desde chiquito», afiliación que continuó en el liceo y le dio la oportunidad de salir por primera vez de Maracaibo. Ocurrió cuando cursaba cuarto año de bachillerato y viajó a Monagas para representar al Zulia en un evento nacional. Llevaba una ponencia sobre Bolívar y la educación, en la que reclamaba el hecho de que el Gobierno hubiera abandonado los liceos por las misiones educativas. Se sintió importante.

Fuera de los libros de texto, sus lecturas se habían limitado en su infancia a alguno que otro libro sobre el pensamiento bolivariano. Pero cuando tenía trece años, un día encontró un ejemplar de Cien años de soledad en casa, una casa donde no había televisor ni mayores distracciones. El libro pertenecía a su madre. Lo leyó con avaricia, y cuando llegó a aquello de que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, recomenzó la novela, pero no pudo terminarla porque su hermano, que entonces tenía ocho años, estaba celoso y se la había escondido.

La novela de García Márquez fue iniciática no solo en sentido literario.

—Culpo de cierta parte de mis preferencias sexuales a Cien años de soledad. La manera en que veo el mundo y en que entiendo la sexualidad está estrechamente relacionada con el momento en que José Arcadio penetra a aquella gitanita flaquita y la desarma. Era una mujer sin senos, andrógina, pienso yo, que tuvo una relación sexual con él casi masoquista, disfrutando de ese sufrimiento.

El próximo libro fue un texto de autoayuda, y notó la diferencia. Por eso buscó agenciarse otras lecturas. Empezó a frecuentar la biblioteca del liceo, un salón con mesas cojas y un aire acondicionado ruidoso.

―Los libros de literatura estaban encerrados. Le pregunté a Eduardo, uno de los bibliotecarios, si podía tocarlos, y él sacó la llave y abrió el estante. Luego descubrí que las revistas Bohemia venían con un librito. Y empecé a buscar esos libritos. Leí Canaima, Doña Bárbara...A Uslar lo leí en noveno grado, por culpa de mi profesora Mirna, la única que se salió de los límites del esquema de la comunicación, con aquello de emisor y receptor, y nos puso a leer Las lanzas coloradas como trabajo final, un libro que odié hasta el séptimo capítulo. A partir del momento en que le prenden fuego a la casa, violan a la hermana de Fernando y la tipa empieza a caminar loca perdida, me devoré el libro.

Con la testosterona, vinieron también otros cambios. Había pasado de ser un niño amanerado a ser «un adolescente criado con fuego en la casa, para que dejara los ademanes», dice. Como parte de la receta, ingresó a una brigada juvenil, pero escogió la ecológica y no la de seguridad, lo que solo terminó llevándolo a su primer empleo, a los doce años, como encargado de los baños de la Vereda del Lago, donde sus padres tenían ya dos kioscos de venta de comida.

Los ademanes desaparecieron, pero su curiosidad homoerótica no. Un profesor del liceo, encargado de actividades extracurriculares, y por cuya homosexualidad evidente Perozo sentía interés,un día lo llevó con un sacerdote: «…y el cura me tendió una trampa maravillosa, y es que me abrió su biblioteca. Era una biblioteca estupenda, cultísima. Además, tenía aire acondicionado. Empecé a frecuentar al sacerdote y hubo los primeros asaltos sexuales: pasó lo que yo quería que pasara. Y me quedé», cuenta sonriendo. Esa fue su iniciación sexual. Tenía quince años.

No recuerda con amargura ni rencor esa relación. Habla de ella con naturalidad: «Yo decidí estar allí, yo decidí recibir su atención, pero evidentemente ahora pienso distinto; ahora tengo 26 años. Ahora pienso lo pervertido que es ese señor. Lo quiero mucho, pero sonsacar a un niño de 15 años…».El asunto duró dos años, hasta que vio La mala educación, película de Pedro Almodóvar, y sintió que su historia también podía terminar mal. Con la ruptura, perdió sus primeros poemas.

Tiempo después, siendo ya universitario, se enamoraría de una muchacha con la que mantuvo una intensa relación de seis años. «Todos nacemos bisexuales de paquete; eso era lo que me parecía. De niño, siempre pensé que los griegos eran maravillosos porque no tenían ningún problema con eso». Hoy se asume pansexual y participa en la asociación civil Ciudadanía Diversa.

Un agua de coral

En paralelo a su educación secundaria, una incipiente conciencia política lo llevó, entre otras cosas, a participar en la fundación de los primeros consejos comunales del sector donde residía.

—De los doce a los diecisiete años, fui un aguerrido niño chavista. Yo era un adolescente enamorado de una revolución que estaba sucediendo. Creía que estaba viviendo el momento estelar de la historia de Venezuela. Por eso, cuando se fundaron los primeros consejos comunales, fui el primer voluntario, el que hacía los censos, el que iba pa’rriba y pa’bajo…

Fueron años febriles, en los que contribuyó a fundar en su comunidad una casa de la cultura y un club de ajedrez donde enseñaba a jugar a los niños.

En el bachillerato, llegó a representar al liceo en algunos torneos de ajedrez, pero no participó en ningún evento literario porque no existían: «En mi liceo, no había nada de eso si no lo inventaba yo», dice sin modestia.Y terminó inventando. Supo que la poeta Xiomara Rivas tenía unos talleres literarios para el Circuito Liceísta de las Letras y le propuso celebrar el Día del Libro en el liceo. También organizó un taller de teatro, que era al que Luis quería asistir, pero como estaba lleno, terminó en el de poesía, haciendo bulto. Y quedó maravillado.

Hoy entiende aquellos talleres como parte de un proyecto más político que literario. Sin embargo, a Rivas le agradece la explicación de la metáfora con un verso de los Versos sencillos de José Martí: «Dijo que la realidad poética existía cuando era posible un surtidor de agua de coral, que no es solamente un surtidor de agua roja. Ese fue el clic con el que me enganché».

De los talleres salió una invitación a la Casa Nacional de las Letras, en Caracas. Era menor de edad e iba por primera vez a la capital: «Frente a un gentío, leí unos poemas horrorosos, me aplaudieron y conocí a otros poetas de mi edad, muchos de los cuales son ahora poetas del país… y ahí decidí que iba a estudiar Letras».

Su luna de miel con la revolución terminó en 2007, luego del referendo para la reforma constitucional, aunque aún no podía votar. A su juicio,una vez perdido el referendo, el presidente Chávez demostró que lo único que le importaba era la reelección indefinida y no el paquete de reivindicaciones sometido a consulta. La guinda la pusieron sus estudios en Misión Cultura, ya graduado de bachiller: «Pasas tres años estudiando y de repente viene la gente de Caracas y dice: “Ahora sí vamos a comenzar a estudiar como debe ser, para que se gradúen en dos años como prometimos”. Los mandé a freír monos».

Tres marcadas influencias

Aparte de su padre, fallecido en 2014, Luis Perozo Cervantes reconoce tres influencias mayores: Luis Guillermo Hernández y Jesús Ángel Parra en la promoción cultural y Carlos Ildemar Pérez en la producción poética.

A Hernández ―fallecido en 2009― lo había conocido en la adolescencia, en las reuniones mensuales de la Sociedad Bolivariana en la Casa de la Capitulación. Ya en 2007, comenzó una complicada relación con el historiador y escritor: «Luis Guillermo me introdujo en el mundo cultural de la ciudad. Empecé a trabajar con él, le servía de transcriptor, organizamos eventos, fui su asistente de investigación. Yo salía de la Escuela de Letras y me iba para su casa. Era un estudiante privilegiado, porque tenía una biblioteca de treinta y cinco mil ejemplares a mi disposición y una persona que me explicaba todo. Pero era un hombre difícil».

Por indicaciones de Hernández, se le presentó al poeta Carlos Ildemar Pérez, a la sazón director de la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia, y se ofreció como voluntario para organizar actividades. Poco después, le estaba enseñando al profesor un cuaderno de poemas. Pérez le pidió una semana para leerlos, al cabo de la cual lo sentó frente al cuaderno, todo rayado: «Dijo: “Bueno, vamos a leer el primer poema. Primero el título: Altares de marineros profanos…”. Y empezó». Al poco rato, Perozo le dijo que ya había entendido que ninguno de sus poemas servía, y Pérez le dio la razón. Así comenzó una amistad y una guiatura que persiste.

El historiador Jesús Ángel Parra lo ha acompañado en muchos de sus proyectos de promoción cultural. Perozo se acercó más a él después de la muerte de Hernández. De Parra, a quien Luis considera «amable, generoso, solidario», aún está aprendiendo el tacto para la gestión cultural: «Aprendí de él la diplomacia que tanta falta me hacía y cuya ausencia me ha causado tantos problemas».

Fue Parra quien insistió en que añadiera el apellido materno a su firma cuando comenzó en la escuela de Letras. Muchos compañeros pensaron que era un seudónimo presuntuoso. Eso y el ser contestatario y competitivo no ayudó mucho a su popularidad, en especial entre el profesorado, según su apreciación. «Yo siempre he sido muy dado a que me odien», sentencia.

Publicar junto a otros compañeros una hoja oficio con poemas de los estudiantes, (Volante volátil), le permitió darse cuenta de que había gente de su edad (19 o 20 años) haciendo lo mismo en el resto del país: Pedro Varguillas, con Bello Púbico en Mérida; Ennio Tucci con la revista Cubil en Falcón y tantos más. Y con aquello llegó una vaga conciencia de filiación: «A mí Pedro Varguillas, cuando lo conocí en 2008, me dijo: “Tú no vas a dejar de hacer lo que estás haciendo y yo no voy a dejar de hacer lo que estoy haciendo; vamos a estar en esto toda la vida. Así que nos toca ser amigos porque somos una generación,queramos o no queramos”. Adalber Salas ha hecho varias antologías y dice algo con lo que estoy de acuerdo: no hay un referente temático entre nosotros. ¿Qué tenemos en común? Bueno, la edad y quizás que [Miguel] Marcotrigiano nos asoció a todos en sus publicaciones».

Es un lector constante de poesía, en especial poesía venezolana. Caupolicán Ovalles, Alfredo Chacón, Armando Rojas Guardia y Carlos Ildemar Pérez están entre sus poetas favoritos en la actualidad.

―Creo que hay algo que no se ha descubierto sobre la poesía venezolana y quisiera ser yo quien lo descubra. Resulta angustiante que exista tanto poeta bueno aquí, que seamos una sociedad de poetas, de maestros de poetas, pero todo esto funcione en un circuito cerrado y el resto del mundo no se dé cuenta de un Gerbasi, de un Montejo…

Perozo Cervantes preside la Asociación Civil Movimiento Poético de Maracaibo, constituida en 2013 para celebrar anualmente el Festival de Poesía de Maracaibo. El Movimiento Poético además ha editado artesanalmente (tirajes de entre veinte y cincuenta ejemplares hechos a mano) más de sesenta libros de poetas nacionales y extranjeros en tres años de existencia y pese al incremento de los costos: «Hemos tenido la oportunidad de publicar a toda una generación de poetas, un proyecto hermoso». Es uno de sus orgullos, aunque le incomoda que con frecuencia sea presentado más como «gerente cultural» que como poeta.

Una obra que se va haciendo compleja

Ha llenado muchos cuadernos de poemas escritos a mano, con rapidograph. De cribar esa producción casi compulsiva,se han publicado ocho poemarios y una antología personal en un lapso de seis años: Noche electoral (2010),Poemas para el nuevo orden mundial (2011), A puro despecho (2012), Semántica de un tornillo enamorado (2012), Poemáticas (2013), Amoritud(2013), Political Manifestation (2014), Vos por siempre (2015) y Contraste (2015, antología personal).

Su poesía ―al menos la publicada hasta el momento― se mueve entre dos grandes ámbitos: el político y el amoroso, y con frecuencia deriva hacia el desencanto en ambos. Por ejemplo,Noche electoral ―que lleva como subtítulo panfleto para noches en desgracia― son los versos de una desilusión, su desilusión con el proceso político chavista. A Perozo Cervantes le gusta decir que son las elecciones contadas por un afiche y subraya que se trata de poemas inspirados por¿Duerme usted, señor presidente?, de Caupolicán Ovalles. Political Manifestation, por su parte, fue publicado en marzo de 2014, en medio del fragor de las protestas de ese año. «Pensaba que estaba haciendo algo muy rebelde y contribuyendo de alguna manera a la libertad del país», dice con cierta distancia.

En sus libros, ha recurrido con alguna frecuencia al epigrama, un viejo amor: «Tuve la suerte de enamorarme de joven de Catulo y de Marcial. Y bueno, el hecho de que Marcial lo haya inventado todo me dio permiso de escribir lo que sea».

Hoy va notando cambios en sus urgencias poéticas: «Lo principal es que ya no escribo porque tenga algo que decir, sino porque lo que diga tenga dónde decirse. Mi problema es si lo que estoy diciendo encuentra en el poema su forma exacta. No importa lo que digo si el poema no funciona». Quizás por eso identifica sin titubeos lo que no le gusta de Poemáticas: «Pienso que cuando se lee en voz alta no funciona. Es un problema de cuerpo completo del libro».

Amoritud, A puro despecho y Semántica…hablan de momentos distintos de la misma historia; son poemas escritos para la misma mujer. El primero ―aunque se publicó después― es un poemario de un amor gozoso que se transforma en despecho en el segundo. Y aunque sufrió mucho escribiendo este último, descubrió que los amigos reían al leerlo. «Supongo que resultaron poemas un poco humorísticos, en el fondo», dice divertido. De A puro despecho pondera sus hallazgos, como introducir la coma para conferir ciertos ritmos, y el reto de hacer el poema lo más sencillo posible. Pero da la lección por vista: «Disfruté mucho del resultado, pero ya no escribiría poemas así, porque me parece que son muy fáciles. Creo que podría escribir diez libros como A puro despecho, con esos giros, con esa astucia, con esa sonrisa. Pero me siento estúpido haciéndolo».

Quizás por eso sus búsquedas ahora son más formales. En Vos por siempre,según confiesa, explora las posibilidades de las preposiciones y los adverbios, la intimidad del voseo zuliano,el registro irreverente y afectivo a un tiempo.

Pese a que tiene tantos libros inéditos como publicados, piensa que ahora sobreviven menospoemas a la depuración: «Hay más cuadernos, pero la escritura es más producida.Últimamente escribir es más difícil».Y aunque carece de una poética expresa, cree que el oficio es estar vivo. Redondea: «Escribir es una manera útil de estar vivo».

Pese a que hasta el momento Maracaibo es una gran ausente en su poética, es su ancla:

―Mi proyecto es en Maracaibo. Yo creo en la polis. Mi capital, mi ciudad, mi quien yo soy es mi polis. Me parece muy valiente el que se va,pero también creo que hace falta que se quede alguien haciendo la coartada.

El poeta acelera el verbo cuando habla del país, más aún cuando se le pide definir su relación con Venezuela.

―Yo soy separatista. Yo creo que los zulianos tenemos un gran problema que se llama Venezuela. Creo que la historia nos ha dado la razón, que desde hace más de cien años se explota el petróleo en este estado y donde menos se ha invertido es en el Zulia.

El tema le apasiona. Enumera argumentos políticos, económicos, históricos, y un historial de agravios. Considera a Caracas mezquina y por eso él trata de sumar esfuerzos para la descentralización cultural, como el festival de poesía o Ediciones del Movimiento. Y estalla:

―La primera bandera que debería levantar un zuliano es la del odio a la capital. La única manera de salir de la crisis a la cual estamos sometidos los zulianos no es el cambio político en Caracas, es la independencia, o la autonomía, o una federación verdadera.

Cuando vuelve al remanso de sus maneras suaves, dice: «Prefiero no pensar en si voy a ser un poeta venezolano.Quisiera ser uno de los primeros poetas zulianos». Con cédula zuliana, se entiende.

 

 

 

Frases destacadas:

  1. «Las primeras imágenes que guardo en mi mente son yo en la cuna, mamá cosiendo y cosiendo, y la radio prendida».
  2. «Siempre he sido muy dado a que me odien».
  3. «Yo era un adolescente enamorado de una revolución que estaba sucediendo. Creía que estaba viviendo el momento estelar de la historia de Venezuela».
  4. «…el cura me tendió una trampa maravillosa, y es que me abrió la biblioteca».
  5. «Creo que hay algo que no se ha descubierto sobre la poesía venezolana y quisiera ser yo quien lo descubra».
  6. «Soy separatista. Yo creo que los zulianos tenemos un gran problema que se llama Venezuela».
  7. «Mi proyecto es en Maracaibo. Yo creo en la polis».

 

Entrevista: Margarita Arribas.

Fotografías: Fernando Bracho Bracho.

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